lunes, 16 de marzo de 2009

Quizá aparecen entre la viglia y el sueño... temerosas se cuelan con los rayos de sol y la primera sacudida del día. Despertar, lanzar el edredón y el sabor de los ojos cerrados por la borda. Entre el suspiro que emito al sacudir mis patitas para levantarlas al mundo, y el pestañeo sigiloso de dejar la calidez de la sabanas y el lecho esponjo, descubro que revolotean en el color de mis ojos:
las certezas, esos presagios que te llegan del futuro. Presentimientos los llaman algúnos. Y es justo cuando despierto cuando los tengo.

Es como saber que de algúna manera tú eres el autor de la propia novela de tu vida y que por lo tanto vislumbras el final aunque nunca sepas que giros deberás darle a la trama para que sea verosimíl, risible, llena de contradicciones y disparates que te hagan amarla.

Hoy otra vez se me apreció Cleopatra. (Ya sé suena loco, pero todos los que me conozcan ahora, saben lo que significa Cleopatra, así que no me detendré a explicarlo más, sólo diré que cada día me parezco un poco más a ella y eso me enorgullece)

Me veo a mi misma sentada en una mecedora, la falda café y mis tacones perfectos, la camisa rosa y los ojos cerrados, las piernas, el placer y otra campanada en el reloj del fondo. Un espejo, para caminar de regreso al mundo en el que llevo pijama y cabellos despeinados con viento del amanecer.

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